martes, 8 de noviembre de 2011

La traición del PNV a la Segunda República (tercera parte)

Traición a la II República: PNV (tercera parte)

      El Pacto de Santoña.
      Tras la caída de Bilbao el 19 de junio, el Ejército republicano se replegó a Cantabria. El 6 de agosto, ya en Cantabria, el denominado Ejército de Euzkadi pasa a llamarse XIV Cuerpo de Ejército, y sus Divisiones toman los números 48, 49, 50 y 51; al frente del mismo se encontraba el coronel Adolfo Prado, llegado de la zona Centro.
      Un estadillo del 10 de este mes registra la existencia en sus filas de 36.159 hombres, con 269 fusiles ametralladores, 293 ametralladoras, 312 morteros y 68 piezas de artillería.
      En Cantabria no sólo se concentraron los batallones nacionalistas, sino otros pertenecientes a otras organizaciones del Frente Popular, todas ellas bajo el mando del Gobierno vasco que Agirre presidía. Sólo una tercera parte correspondían a las fuerzas nacionalistas y un tanto por ciento muy importante de aquellos efectivos estaba formado por heroicos antifascistas de Cantabria y Asturias que habían combatido en Euskal Herria.
      Hacia el 20 de julio, los batallones nacionalistas que quedaban en la reestructuración en cuatro divisiones del Ejército del Norte, recibieron información de lo que su Partido proyectaba. Los nacionalistas no lucharían sino que se mantendrían en una situación defensiva, sin abandonar tampoco el frente que miraba a Euzkal Herria, es decir, sin prestar ninguna colaboración al resto del Ejército del Norte, que quedaba abandonado a su suerte.
      El 14 de agosto se rompe el frente santanderino en dirección a Reinosa, y el puerto del Escudo y, una semana después, el coronel Prado ordena el repliegue del XIV Cuerpo a una línea de contención delimitada por Santoña y el río Asón. A través de los comisarios de guerra pertenecientes al PNV, el Viceconsejero de Defensa, Joseba Rezola, dirigió las tropas hacia su destino. La orden que recibieron los jefes de las compañías republicanas fue la de no oponer resistencia ante las tropas franquistas desplegadas en las cercanías de Cantabria y de evitar cualquier dispersión hacia Asturias.
      A mediados de agosto, la mayoría de los combatientes de los batallones intentaron ganar la zona comprendida entre Laredo y Santoña, bajo la creencia de que serían evacuados por su Gobierno hacia territorio francés.
      El 17 de agosto Ajuriagerra y Lasarte se entrevistaron en Biarritz con el coronel De Carlo (Da Cunto) al que pidieron la libre evacuación de la población civil y que los batallones nacionalistas que se rindieran fueran considerados como prisioneros de guerra bajo soberanía italiana. Al día siguiente se comunicó a los italianos el emplazamiento de las unidades vascas en el frente de Santander.
      No se combate ya, y por la noche desertan tres batallones, marchando a Santoña en total estado de indisciplina. El repliegue continúa en días sucesivos, y con el repliegue las deserciones o retiradas, sin orden superior, a Santoña y Laredo.
      ¿Qué pasaba? ¿Por qué se entregaban las unidades? ¿Qué unidades se rendían ante el enemigo fascista?
      Como la traición se había llevado en el más estricto de los secretos, los combatientes desconocían el verdadero alcance de su concentración en la zona de Santoña. La tropa estaba desconcertada. Nadie les había ofrecido información alguna y se decía que se preparaba la evacuación del Ejército del norte por vía marítima desde Santander. Era mentira.
      Las unidades antifascistas no obedecieron las órdenes de entregarse. Los rumores de rendición generaron un clima de rabia entre los combatientes. Algunos batallones se negaron a deponer las armas y escaparon. Por su parte, las unidades nacionalistas tampoco obedecieron las órdenes militares de replegarse hacia Asturias para proseguir la lucha. El general republicano Gámir Ulíbarri, jefe del Ejército vasco hasta la caída de Bilbo y luego jefe del Ejército del Norte, amenazó con bombardear las posiciones de los batallones nacionalistas en caso de que no depusieran su actitud. Antes, como mando supremo del Ejército del Norte, había ordenado el repliegue hacia Asturias.
      Según el último de los acuerdos alcanzado en Hendaya, los nacionalistas vascos debían deponer las armas, entregárselas a los fascistas, reprimir cualquier oposición de los combatientes y asegurar la vida de los presos fascistas que habían trasladado de las cárceles de Bilbo a las de Laredo y Santoña. En este puerto se apoderaron por la fuerza de la Academia de Oficiales y liberaron a los 2.500 presos franquistas detenidos en El Dueso.
Por su parte, los italianos se comprometían a garantizar la vida de los gudaris nacionalistas sin entregarlos a las tropas de Franco, a autorizar la fuga por mar de todos los dirigentes políticos nacionalistas y a considerar a los detenidos libres de seguir participando en la Guerra Civil en el bando franquista.
      Agirre y su gobierno presentaron la rendición como producto de una iniciativa del PNV que debían acatar. Con la ausencia, por el rechazo que suscitó el pacto, de comunistas, socialistas, republicanos y, por supuesto anarquistas que estaban fuera del ejecutivo autónomo, el Gobierno vasco, apoyó la decisión ya firmada por el PNV. La capitulación también contó con la desaprobación del Gobierno republicano, instalado entonces en Valencia.
      En las conversaciones de los días 21 y 22 de agosto, para controlar el orden público en Cantabria, los nacionalistas piden a los italianos que se active la ofensiva sobre Torrelavega y que se modere la de Solares. Es el mismo ofrecimiento hecho en vísperas de la caída de Bilbao. El PNV se ofrecía como confidente de los fascistas y les asesoraba sobre las mejores direcciones de los ataques.
      El 24 de agosto de 1937, el delegado italiano en San Juan de Luz recibió la confirmación de que los nacionalistas habían cumplido su parte del trato. Simultáneamente, dos capitanes del Ejército Vasco atravesaron las trincheras entrevistándose con los mandos de los Flechas Negras italianos acuartelados en la zona. Las condiciones que llevaban los dos capitanes afectaban a los aspectos técnicos pactados ya con anterioridad por el PNV. En esta entrevista avanzaron que la capitulación sería incondicional y que las fuerzas que se rendirían conformarían un total de 30.000 hombres. Asimismo, anunciaron que los oficiales y mandos políticos a evacuar por mar serían de sólo 2.000.
      Sin embargo, la rendición acordada para las seis de la mañana del día siguiente no se llegaría a producir. Los barcos que debían trasladar a territorio francés a los oficiales, no llegaron. En la tarde del mismo día 25, Ajuriagerra se vio obligado a cruzar las líneas para entrevistarse nuevamente con los mandos fascistas italianos y reiterarles su voluntad de rendición. En la mañana del día 26, los primeros batallones vascos comenzaron a entregarse, siguiendo el guión pactado. Pero el caos seguía reinando en la zona republicana. Algunos batallones siguieron sin intención de rendirse, mientras que otros continuaban escapando desordenadamente para proseguir la lucha.
      Ante esta situación, los legionarios italianos avanzaron sobre Santoña y Laredo, ocupando las poblaciones cántabras sin encontrar resistencia. Con ayuda de los mandos italianos, Ajuriagerra se trasladó a Bilbao, ocupada por los franquistas desde hacía dos meses, para entrevistarse con el general Mario Roatta y participarle los últimos detalles de la capitulación.
Cuando la rendición se hizo finalmente efectiva, los combatientes del Ejército del Norte fueron encarcelados en el cuartel de Infantería y en el penal del Dueso. Durante nueve días, los prisioneros estuvieron bajo custodia italiana, mientras el general italiano Roatta discutía en Salamanca con Franco los detalles de la capitulación.
      El 4 de septiembre, las tropas franquistas se hacían, definitivamente, con la custodia de los prisioneros. El primer fusilado fue Manuel Egidazu, comandante del batallón comunista Facundo Perezagua.
      En total, 321 de los apresados fueron fusilados o pasados por el garrote vil. La mayoría de los ajusticiados eran comunistas y anarquistas, pero había representantes de todas las organizaciones del Frente Popular: Acción Nacionalista Vasca, Partido Socialista Obrero Español, Unión General de Trabajadores e incluso Partido Nacionalista Vasco y Euskadiko Langile Alkartasuna. En el escarmiento, los tribunales franquistas quisieron elegir lo más representativo de cada formación que había apoyado al Gobierno legítimo republicano.
      En cambio los traidores Juan Ajuriagerra y Joseba Rezola, los dos máximos exponentes de la negociación, salvaron sus vidas. Fueron encarcelados y liberados en 1943, casi al mismo que los demás traidores a la República: el trotskista Joaquín Maurín y el anarquista Cipriano Mera.