miércoles, 23 de noviembre de 2011

La organización de los revolucionarios (segunda parte)

(tomado de antorcha.org)

Sobre el funcionamiento de las comisiones del C.C.

      El funcionamiento por comisiones responde al principio de centralización y división del trabajo que, como ya sabemos, permite a un número de militantes especializarse en un campo determinado de actividad.

      De modo que, por ejemplo, la Comisión de Organización habrá de ocuparse de todos los asuntos relacionados con la dirección del trabajo local, del encuadramiento de los militantes, etc. La Comisión de Propaganda tiene encomendado el órgano del Partido, el aparato central y la distribución de la propaganda. Habría que estudiar la posibilidad de constituir un comité de redacción adjunto a la Comisión de Propaganda.
      Esta medida nos descargaría a los demás de una parte de este trabajo, al tiempo que permitiría incorporar a otros militantes a la labor de propaganda.
      A la vez, se podría establecer una relación más estrecha del órgano del Partido con corresponsales y otras personas que estén dispuestas a prestar su colaboración, cosa que de otra manera no se puede hacer sin poner en serio peligro la seguridad de la dirección.

      La Comisión Política tiene la misión de vigilar por la aplicación de los acuerdos y resoluciones tomados en los Plenos, coordinar el trabajo de las demás comisiones e intervenir para resolver los desajustes que puedan surgir en el curso del trabajo. Será competencia del responsable de cada comisión fijar el orden del día y determinar, de acuerdo con los demás componentes de la misma, la frecuencia y el lugar de las reuniones, mientras que los contactos intercomisiones habrán de realizarse, mediante previa consulta, a través de la Comisión Política. En fin, seguramente surgirán numerosos detalles que deberán ser tenidos en cuenta, sin que por ello sea preciso reglamentarlos.
      El esquema general de funcionamiento puede ser el que acabo de esbozar, ateniéndome a las experiencias que ya poseemos.

      Ante todo, se trata de combinar la mayor centralización posible (en lo que afecta a la dirección política y demás asuntos clandestinos del movimiento) con el máximo de descentralización respecto a la realización práctica de los planes y tareas acordadas, asegurando la dirección colectiva y la estanqueidad en la organización.

      Hay que tener presente que en este terreno, como en todos los demás, no partimos de cero. Contamos con una larga experiencia de trabajo conspirativo clandestino y de funcionamiento centralizado democrático que debemos transmitir a los nuevos camaradas responsables no sólo en teoría, sino, principalmente, de forma práctica. Esta es la mejor escuela que pueden tener.

      Este sistema de funcionamiento va a resultar más complejo que el que hemos tenido últimamente, exigirá de parte de cada uno una dedicación más atenta a su trabajo y un control mucho más riguroso sobre la tarea de los demás.

      En el Partido, y menos aún en su dirección, no hay lugar para el liberalismo. Esto ya lo hemos apuntado y no creo que sea preciso insistir mucho más en ello. Nuestra disciplina es férrea porque es consciente, no porque nos la imponga nadie; es una disciplina asumida por todos los militantes como una necesidad derivada de la lucha de clases, de la naturaleza del Estado que estamos combatiendo.

      Lenin justificaba la ruptura de la disciplina del Partido sólo en los casos de graves atentados contra los principios. De ahí la importancia de los principios para el mantenimiento de la unidad del Partido.

      No es con apelaciones a la disciplina como ésta se refuerza, sino combatiendo al enemigo de clase, atreviéndose a llevar a cabo la revolución, combinando el espíritu revolucionario con un buen estilo de trabajo.

Sobre los dirigentes del Partido y el estilo de trabajo.

      Quiero insistir en esto último. Un militante blandengue, sin firmes convicciones, sin una sólida preparación teórica, sin iniciativa, incapaz de desenvolverse por sí mismo y de tomar decisiones, nunca podrá llegar a ser dirigente del Partido. Y la clase obrera de nuestro país necesita estos dirigentes.

      Nosotros debemos rechazar la concepción burguesa del revisionismo que intenta, por todos los medios, desarmar a las masas obreras y enfrentarlas a sus dirigentes y jefes naturales para imponerles otros promovidos por la propia burguesía, siempre obedientes a sus dictados y a la política de colaboración de clase.

      Pero la solución de este importante problema no consiste en la exaltación de un solo dirigente del Partido para que descuelle (y nunca mejor dicho) sobre los demás. Nosotros no tenemos fijada ninguna meta personal, no estamos empeñados en ninguna carrera. Esta práctica que se observa en algunos partidos (por fortuna jamás la hemos visto aparecer en nuestras filas) y la concepción que envuelve son erróneas y muy perjudiciales.

      En nuestro Partido no hacemos, ni debemos hacer nunca, distinciones entre dirigentes más allá de las que vienen determinadas por las responsabilidades de cada uno. La responsabilidad no es una carga, pero tampoco es un premio, y ha de obligarnos a ser prudentes y modestos.
      Los dirigentes y jefes de una clase o de un partido los da la vida misma, el desarrollo de la lucha de clases y la propia evolución interna del Partido, sin necesidad de proclamarlo a gritos todos los días, en cada escrito o documento y, menos aún, de imponerlo como un castigo divino.

      Estas prácticas, estos autoendiosamientos, si demuestran algo no es sino mezquina debilidad mental. Los jefes del proletariado surgen en la lucha y se destacan de forma natural. Por eso no necesitan ser exaltados, ni lo consienten.

      El viejo Marx solía decir: No doy un céntimo enmohecido por mi popularidad. En este punto, nuestro interés ha de estar centrado en promover el mayor número posible de dirigentes del Partido. El Partido ha de tener no uno, sino varios dirigentes probados, hombres y mujeres dotados de un gran espíritu revolucionario, entregados enteramente a la causa, que sepan hacer bien su trabajo y con la suficiente autoridad moral como para no tener que apelar a ella en cada momento.