miércoles, 23 de noviembre de 2011

La organización de los revolucionarios (primera parte)

tomado de antorcha.org

 
LA ORGANIZACIÓN DE LOS REVOLUCIONARIOS
Folleto de recopilación de textos núm. 3. Marzo de 2001.

      Se precisa de una verdadera organización revolucionaria formada por auténticos profesionales, bien preparados en los aspectos teóricos y prácticos y que sepan realizar su trabajo; es decir, una organización que actúe guiada por una teoría revolucionaria y en la persecución de unos objetivos políticos de clase. Esta organización, naturalmente, sólo podrá fortalecerse y desarrollar su actividad desde la clandestinidad y en estrecha relación con las masas, lo que exige, entre otras cosas, aplicar determinados métodos de funcionamiento y normas de seguridad que le permitan defenderse de los golpes de la reacción y preservar al mismo tiempo su trabajo. De esto se trata, precisamente, de proseguir este trabajo, incorporando a él a todos los que de verdad están dispuestos a hacerlo.

Del artículo Mantener el rumbo trazado, Informe Político presentado por M.P.M. (Arenas) al IV Congreso, septiembre de 1998.


Delimitar las responsabilidades y tareas dentro de la Dirección

Fragmento del Informe Político presentado por M.P.M. (Arenas) al
Pleno del Comité Central, enero de 1989.

      No me parece que sea necesario recordar aquí los principios y las normas que sirven de base a la organización y al funcionamiento del Partido. El trabajo político clandestino y el funcionamiento según el principio del centralismo democrático se han convertido ya en un hábito para nosotros, de manera que no podríamos adoptar otro diferente.

      No obstante, en la labor diaria se viene observando una falta de rodaje que provoca algunas veces malentendidos y dificulta el buen funcionamiento. Este es un problema menor o secundario que no debe distraer nuestra atención. Para resumir, diría que resulta inevitable que aparezcan ahora este tipo de problemas. Estamos formando una nueva dirección y la cohesión necesaria no la vamos a obtener de otra manera que no sea trabajando y discutiendo juntos todos los asuntos del Partido, buscando las mejores soluciones a los problemas.

      ¿Que uno u otro se acalora un poco en las discusiones?, eso no es malo siempre que lo haga con razón y los gritos no lleguen a oídos de la pasma, porque entonces sí que la tenemos jodida. Al final, naturalmente, habrá que llegar a conclusiones y tomar acuerdos que nos permitan llevar a cabo acciones de forma conjunta.

      No hay que temer la discusión, la crítica y el debate interno. Al contrario, debemos fomentarlo, huyendo del formalismo. Como organismo vivo, abierto a la sociedad, el Partido tiene que reflejar de alguna manera las contradicciones que se dan en ella. Las unanimidades no son buenas ni para ir a comer, pues rara vez son expresión del estado de espíritu de un colectivo tan complejo, formado por tan diversos caracteres, capacidades y voluntades que forman el Partido. Por eso, son absolutamente necesarias las normas de organización y funcionamiento... porque no existe, ni puede existir jamás unanimidad en todo o casi todo. Necesitamos esas normas, ya que sin ellas no podríamos hacer nada serio y los esfuerzos se perderían en un mar de discusiones inútiles.
      Las normas de funcionamiento son como una convención aprobada y admitida por todos los camaradas. Nadie puede contravenirlas sin situarse fuera del Partido, lo que le privaría de todo derecho. Esta convención tiene como fundamento el sometimiento de la minoría a la mayoría y de la parte al todo, representado por el C.C. elegido en el último Congreso del Partido. Este principio básico presupone la libertad de discusión y de crítica; es decir, el derecho de la minoría a expresar libremente sus opiniones, pues no es posible que todos podamos tener siempre, y no importa en qué situación o de qué problema se trate, una misma e idéntica opinión. Además, ¿quién puede asegurar que la mayoría tiene siempre la razón? La libre discusión de las ideas y el debate nos ayudan
muchas veces a comprender mejor las cosas y en todos los casos enriquecen y mejoran el trabajo de todos. Cierto, no se trata de discutir por discutir.
      No formamos una secta filosófica o un ateneo libertario. Tampoco podemos permitir la formación de tendencias o fracciones. Para eso existe la vida política interna y la lucha ideológica: para dirimir las diferencias inevitables e impedir la formación de grupos o fracciones enfrentadas dentro del propio Partido.
      El Partido Comunista no es la suma de sus partes, sino un todo unido por la misma concepción del mundo, una misma línea política, unas mismas normas de organización y una sola disciplina.

      La discusión hay que llevarla a cabo con un método, ya que de esta manera se facilita que pueda triunfar siempre lo correcto sobre lo erróneo. Por ejemplo, se debe seguir un orden del día y tener presente el tiempo disponible, de modo que al final se puedan tomar acuerdos de tipo práctico. Yo mismo he cortado alguna vez a algún desmadrado o desmadrada por no atenerse a una norma en las discusiones. Pero la discusión o el debate son necesarios y muy convenientes.

      Hay que alegrarse de que, de vez en cuando, estalle en el Partido una tempestad, porque eso demuestra que no estamos fosilizados, que seguimos vivos y que no nos hemos apartado de la realidad, mil veces compleja y siempre cambiante. Así es como se forjan y se fortalecen la unidad y la disciplina interna del Partido, no en base a las órdenes o apelando a las supremas autoridades. Necesitamos esa unidad y esa disciplina más que ningún otro partido, dada la naturaleza del trabajo que estamos realizando, y porque, además, nos hallamos bajo un continuo bombardeo cruzado del enemigo. Nadie que no sea un verdadero comunista sería capaz de soportar toda esa presión que tenemos encima. Y esto lo soportamos nosotros por la fuerza de nuestras convicciones, por la firmeza con que defendemos los principios. Nuestra unidad y disciplina se basan en esos principios que nos han dado vida como organización, no en las unanimidades que matan.
      En el Partido tiene que haber plena libertad de discusión para que pueda darse la unidad de acción tan necesaria en la lucha revolucionaria. Lo que no permitimos ni permitiremos nunca es el liberalismo. El liberalismo ya sabemos lo que significa en resumidas cuentas: cada uno tira por su lado cuando no le conviene una cosa o no puede llenar su bolsa.

      La situación de la clase obrera no le permite ser liberal en ninguna circunstancia. Precisamente, su misión histórica consiste en enterrar para siempre el individualismo y el egoísmo liberal burgués. Con más razón, debemos rechazar todo individualismo, todo señoritismo y todo egoísmo personal en el Partido.

      Tampoco pueden permitirse en el Partido las relaciones de compadreo y ordeno y mando. Todos conocemos las consecuencias que trajeron ese tipo de relaciones.
      Pero lo que, desde luego, no puede volver a ocurrir es que una parte de la dirección contravenga los acuerdos y decisiones tomadas en el Pleno del C.C., se arrogue el derecho de decidir por los demás camaradas de la dirección en asuntos que afectan al conjunto del Partido, ponga obstáculos a la labor de los demás y aun se obstine en no querer discutir.

      Un hecho como éste sólo ha podido ocurrir, para vergüenza nuestra, en una situación de debilitamiento orgánico e ideológico del Partido, cuando apenas sí se hacía vida política interna ni se tenía planteado realizar ningún trabajo entre las masas. Esto dio lugar al relajamiento, a que se fueran incubando las relaciones de amiguismo y a que se arrinconaran finalmente los principios de organización y funcionamiento.

      Por eso no podemos cargar las tintas, como se ha hecho algunas veces, en la responsabilidad de un solo camarada o de varios. No se puede acusar a la inconsciencia por el daño que se ha podido cometer. Eso es algo que nos compromete a todos.

      La crítica debe estar orientada a poner al descubierto las causas o la raíz de los problemas y no a andar buscando por las ramas para luego formar juicios disciplinarios, decretar expulsiones y esas cosas. De esa manera hemos podido recuperar muchas veces a muy buenos camaradas que se habían perdido en medio de la hojarasca. Esta posición, en apariencia tolerante, responde a nuestro método de resolver las contradicciones dentro del Partido y siempre ha dado muy buenos resultados, nos ha fortalecido. Por eso hoy podemos dar por zanjados los graves problemas que se nos habían planteado sin que haya tenido lugar ninguna escisión ni rompimiento en el Partido, independientemente de que aún pueda quedar alguna cabeza dura, cerrada a todas las evidencias. Pero esto tampoco nos debilita; ocurre más bien lo contrario: nos sirve de modelo para mostrar lo que no se debe imitar.

      En fin, quiero subrayar que ningún asunto relacionado con la actividad del Partido, su organización o estado de cuentas, podrá ser ocultado a la consideración de los camaradas aquí presentes, salvo, naturalmente, aquellos aspectos que afectan a la seguridad.

      Este principio tiene particular importancia a la hora de abordar el trabajo de las comisiones, donde el tratamiento pormenorizado de todos los problemas y situaciones, en especial de aquéllos que les afectan más directamente, reviste una importancia capital.
      Sobre la organización clandestina y su relación con el trabajo de masas.

      Todos sabemos que el reducido número de militantes y la escasa preparación de la mayor parte de ellos es uno de los problemas más acuciantes que tiene planteado nuestro movimiento. Esto nos obliga a tener que tirar continuamente de camaradas de las organizaciones locales para cubrir las crecientes necesidades del aparato del Partido y para llenar los huecos que va dejando en nuestras filas la represión.

      El desconcierto que este despojo provoca entre los camaradas de base, los simpatizantes y demás personas relacionadas con el Partido, es manifiesto. Algunos dicen que no nos preocupa lo más mínimo el trabajo de masas o que lo abandonamos para dedicarnos a no sé qué cosas. Otros incluso han llegado a decir que, claro... como en la clande se vive de puta madre....

      En fin, hay que considerar que en el fondo de todas estas habladurías existe una preocupación sana, legítima, por la marcha del trabajo del Partido. Lo que ocurre es que no les aclaramos las ideas respecto a los verdaderos objetivos y necesidades del Partido. En lugar de dar esas explicaciones salimos por peteneras y, claro, así no nos van a comprender nunca.

      Nosotros consideramos que el fortalecimiento de la organización clandestina del Partido no sólo no supone un debilitamiento del trabajo de masas, sino que lo fortalece, lo amplía a otros campos y capas de la población, lo enriquece. Esta es la concepción que nos ha guiado siempre.

      Ocurre, no obstante, que los militantes dedicados al trabajo práctico no suelen apreciar el problema en su conjunto, sino desde una óptica localista, limitada, estrecha, cuando no meramente sindical. De ahí surge esa aparente contradicción, a la que antes aludíamos, entre el trabajo político clandestino y ese trabajo de masas de tipo más abierto.

      En todo caso, la diferencia estriba en que el C.C. del Partido, desde una visión más general de las condiciones y de las necesidades del movimiento en su conjunto, procura imprimirle una dirección verdaderamente revolucionaria, no localista ni sindical o reformista.

      Para eso necesitamos crear, antes que nada, una dirección fuerte y esclarecida que proceda a organizar el trabajo revolucionario a nivel de todo el Estado y que se esfuerce por abarcarlo, dotándose de todas las fuerzas y medios necesarios para ello.

      Es fácil comprender que los militantes que han de formar parte de esta dirección sólo pueden provenir, en su mayor parte, de las organizaciones locales del Partido. Tenemos que sacarles de allí, pues no disponemos de ninguna otra cantera.

      Esto provoca, qué duda cabe, un debilitamiento relativo de las organizaciones locales y esa lentitud que se observa en el desarrollo del trabajo de masas. Pero, a cambio, ganamos en términos absolutos al dotar al movimiento en su conjunto de unos objetivos y una dirección verdaderamente revolucionarios, no localistas ni limitados.

      También garantizamos algo tan importante como es la continuidad del trabajo en todas y cada una de las localidades para el caso de que se produzcan detenciones o caídas. Nada de esto sería posible si careciéramos de un aparato político fuerte y estable.

      La misma reacción, las fuerzas represivas del Estado ¿no apuntan siempre a la dirección del Partido, buscando descabezarlo, para debilitar al movimiento? Algunas veces lo han conseguido, al menos parcialmente. Pero esto ha sucedido no porque nosotros descuidáramos el trabajo de masas, sino por no haber contado con una organización clandestina bien estructurada, en la que todos y cada uno de sus miembros supieran defenderse en la lucha contra la policía política e hicieran de la actividad revolucionaria su única profesión; eso ha ocurrido por no haber sabido abordar correctamente el trabajo de masas, por la falta de preparación de que adolecen la mayor parte de los camaradas dedicados al trabajo práctico, etc.

      Siguiendo aquella concepción, conseguimos, primero, reconstruir el Partido y, más recientemente, recomponer sus filas y dotarlo de una nueva dirección.
      Esta nueva dirección es aún débil y habrá de ser estructurada. En ello estamos. A partir de ahora, es de suponer que las organizaciones locales del Partido podrán crecer más rápidamente y extenderán su actividad política entre las masas.

      Esta ha de ser una de nuestras más importantes preocupaciones y deberá traducirse en la elaboración de planes concretos de trabajo, así como en la labor sistemática que realicemos para llevarlos a cabo.