sábado, 18 de febrero de 2012

Stalin contra el revisionismo de Tito

      Una de las últimas batallas ideológicas que Stalin enfrentó al final de su vida fue contra el revisionismo yugoslavo.

      La denuncia de los manejos de Tito en los Balcanes no es fácil de exponer en el contexto en el que se desenvolvieron, pues hay varias cuestiones conexas de distinta naturaleza, y la cuestión ideológica es sólo la principal de ellas.

      Además, la cuestión yugoslava coincide en el tiempo con la revolución en Grecia y ambos acontecimientos no se pueden separar.

      Como en Grecia, en Polonia y, en general, en todos los países europeos, en Yugoslavia existían también dos movimientos de resistencia antifascista. Una dependía del gobierno reaccionario en el exilio (chetniks) y otra, más fuerte, estaba dirigida por los comunistas.

      A diferencia de todos los demás países en que se produjo esa dualidad, en el caso de Yugoslavia, Churchill decidió apoyar, no al gobierno reaccionario en el exilio, sino a los comunistas. El 10 de diciembre de 1943 se lo comunicó oficialmente al rey Pedro II e incluso argumentó las razones para esa opción:

      el presidente del gobierno exiliado(Mijailovitch) colaboraba en realidad con los ocupantes hitlerianos. En junio de aquel año Churchill ya había enviado a Tito una misión militar encabezada por el general Fitzroy MacLean y su propio hijo Randolph. Para evitar su bancarrota, el rey destituyó a Mijailovitch y los imperialistas británicos, verdaderos dueños de toda la región de los Balcanes, alentaron una entrevista entre Tito y Chubachitch, un delegado del nuevo gobierno exiliado, que se celebró el 16 de junio de 1944.

      Se acordó la unificación de la guerrilla, la formación de un gobierno único y Tito introdujo a dos antifascistas en el gobierno exiliado. Dos meses después, se produjo otra entrevista entre Churchill y Tito en Nápoles y ambos llegaron a una serie de acuerdos, entre los que cabe destacar:

      — Tito se opondría al retorno del monarca

      — abandonaría sus pretensiones sobre Triestre e Istria a Italia, Carintia a Austria y una parte de Macedonia a Grecia

      — pretendía integrar a los países de los Balcanes en una única Federación

      — se comprometía a no construir el socialismo en Yugoslavia.

      De aquellos acuerdos, tan extraños para la época y tan diferentes -aparentemente- de la política británica hacia otros países, se desprendían, sin embargo, dos conclusiones claras: que Tito no era comunista y que, por el contrario, era un nacionalista que pretendía someter a todos los países de la región a través de la Federación Balcánica.

      La familiaridad de Churchill con un comunista como Tito era harto exótica. En sus Memorias el británico dice que aunque Tito se comprometió con él a no adoptar medidas socialistas en privado, se negó a hacer público ese compromiso.

      Según Dedidjer, el biógrafo de Tito, lo que éste dijo fue lo siguiente: La experiencia rusa será útil para nosotros, pero no nos impedirá tener en cuenta las condiciones particulares de nuestro país.

      La cosa no cambia en nada. En aquel tiempo ruso era sinónimo de comunista y, a la inversa, bastaba cualquier declaración de independencia hacia Moscú para indicar el alejamiento del comunismo. El eurocomunismo fue luego un buen ejemplo de ésto.

      En realidad, Tito era un nacionalista y la posición geoestratégica de Yugoslavia le concedía una baza muy importante, la supuesta pretensión de equidistar del capitalismo y el socialismo, la de encontrar una tercera vía, la de inventar un nuevo modelo de socialismo.

      Buscaba disponer de un amplio margen de maniobra en el terreno diplomático. Por eso Yugoslavia encontró pronto su lugar en el movimiento de países no alineados.

      Todo esto introdujo una enorme confusión en el movimiento comunista internacional y dio lugar a un cúmulo de paradojas. La confusión sólo fue posible porque Tito y los suyos se hicieron pasar por comunistas y actuar como si tuvieran algo que ver con el comunismo. Por lo tanto, Stalin tenía, una vez más, absoluta razón cuando los desenmascaró como revisionistas y agentes del imperialismo.

      No hay punto intermedio entre el capitalismo y el socialismo, no hay ningún modelo distinto de socialismo, no hay vías ni atajos para construir una sociedad socialista, el socialismo no cambia en absoluto de un país a otro.

      Pero a la muerte de Stalin, otro revisionista, Jruschov, rehabilitó a Tito y a la Liga Comunista de Yugoslavia como organización integrante del movimiento comunista internacional, poniéndose de su lado sin que Tito hubiera variado lo más mínimo sus postulados.

      A través de Jruschov, las posiciones revisionistas de Tito se abrieron camino y, con ellas, el nacionalismo y la demagogia acerca de las vías nacionales diversas para construir el socialismo.

      La paradoja era máxima en el caso de Yugoslavia porque, como en los demás países y a pesar de la demagogia imperialista, Stalin no tenía ningún interés específico en que Yugoslavia fuera un país socialista e incluso le recomendó a Tito que admitiera el regreso del rey. Su interés era preservar entre los Estados vecinos unos vínculos que garantizaran su seguridad, con los que pudiera mantener buenas relaciones y que no se prestaran a ningún tipo de provocaciones.

      Por el contrario, era Tito quien manifestaba pretender hacer de Yugoslavia un país socialista, si bien con un socialismo diferente.

      Por tanto, la denuncia de Stalin no radicaba en esa supuesta independencia de criterio por parte de Tito sino en su doble juego, en su enmascaramiento y en la confusión que sembraban sus teorías.

      No se puede ser comunista y nacionalista al mismo tiempo; los comunistas somos internacionalistas, que es todo lo opuesto al nacionalismo, una ideología esencialmente burguesa.

      Además había que tener en cuenta que el nacionalismo de Tito no consistía sólo en esa independencia respecto a Moscú, sino que era de tipo expansionista y eso podía provocar graves disturbios en una región ya de por sí muy conflictiva históricamente.

      Tito pretendía territorios de todos sus vecinos y en su Federación Balcánica tenía intención de integrar, entre otros países, a Albania, que reaccionó valientemente contra estas pretensiones hegemonistas.

      Finalmente, el país que más avanzó en esa integración balcánica fue Bulgaria, pero las sutiles pretensiones de Tito eran incorporar a aquel país no en pie de igualdad con Yugoslavia sino en las mismas condiciones que Serbia, Croacia, Montenegro o Eslovenia.

      El 28 de junio de 1948 el Kominform denunció públicamente a la Liga Comunista de Yugoslavia como una organización revisionista y nacionalista. Las declaraciones contra el revisionismo yugoslavo se repetirían luego en otros foros comunistas, como en la declaración de Moscú de 81 partidos comunistas, celebrada en 1960.

      Desenmascarado Tito y su Liga Comunista de Yugoslavia, las potencias imperialistas se volcaron en apoyar y financiar la reconstrucción del modelo de socialismo en Yugoslavia con millones de divisas, firmando inmediatamente tratados de colaboración económica con todas las grandes potencias.

      Posteriormente la rehabilitación de los revisionistas yugoslavos por su colega Jruschov, permitió que también pudieran obtener financiación de la URSS y convirtió a Yugoslavia en un país privilegiado.

      El desarrollo capitalista en aquel país, como denunciara Stalin, se fundamentó en los mismos patrones que todos los demás países capitalistas: inversiones extranjeras, emigración, desempleo y turismo.

      Para terminar de complacer a sus jefes imperialistas, Tito llevó a cabo su último acto de traición, cerrando la frontera con Grecia y permitiendo que la guerrilla griega fuera aplastada.

(en la foto, de izquierda a derecha, Josip Broz Tito, Iosif Vissarionovich Stalin y Viacheslav Mijailovich Molotov)
 
 

1 comentario:

charles moraes dijo...

http://comunidadestalin.blogspot.com/