domingo, 2 de febrero de 2014

''Tinta Roja resbala hacia la infamia fascista'', Juan Manuel Olarieta respondiendo a un cabecilla de los CJC

Os dejamos el siguiente excelente y acertado artículo del abogado de presos comunistas y antifascistas Juan Manuel Olarieta Alberdi, en respuesta a un artículo de la publicación Tinta Roja de los CJC (juventudes del PCPE) que os recomendamos leer de antemano, pues no tiene desperdicio (al final de la entrada encontraréis el enlace directo, en su página web oficial):

tomado de Opinión de Clase


''Tinta Roja'' Resbala Hacia la Infamia Fascista

Juan Manuel Olarieta

Con la invocada pretensión de abrir un debate sobre el uso de la violencia en la lucha popular, Domenec Merino publica un artículo en la revista “Tinta Roja” (*), que es verdaderamente bochornoso, porque en este país no hay ni puede haber tal cosa. Los que califican a eso como un debate o sueñan que tal debate es posible aquí y ahora, engañan a sus lectores, por una sencilla razón: porque sólo se pueden expresar los mismos de siempre, los fascistas, los pacifistas y los oportunistas. El debate se reduce a ellos; ellos se lo guisan y se lo comen.

Por el contrario, esos a los que Domenec califica como encapuchados (blanquistas, anarquistas) no pueden exponer abiertamente sus propuestas. El debate está, pues, trucado desde el principio. Domenec sabe que tiene carta blanca, que no le van a acusar de“apología del terrorismo”, mientras que los otros tienen un problema mucho más serio: tienen que callarse la boca, lo que los oportunistas como Domenec aprovechan a la perfección para explayarse en exclusiva.


Bajo la ridícula pretensión de una “observación empírica de la sociedad” el artículo hace apología del fascismo y de la represión; critica un tipo de violencia, la de las masas, y oculta la violencia de los antidisturbios, que deja en un segundo plano.


Según el cabecilla de CJC, en Gamonal la lucha ha revestido un carácter violento, lo cual es sólo una parte de la realidad. Esa ocultación va luego seguida de una segunda, aún más importante: ¿por parte de quién ha sido violenta?, ¿quién es el violento?, ¿a quién llama violento Domenec?, y ¿quién hizo que lo que hasta un determinado momento era pacífico cambie de signo? ¿Acaso la lucha en Gamonal empieza con las barricadas o más bien acaba en ellas?


Para lavar la cara a los antidisturbios los apologistas del Estado burgués dicen que la policía acude a una manifestación para reprimir la violencia de los manifestantes y, por lo tanto, son los manifestantes los que tienen la culpa de ella, de la intervención de la policía y de la violencia que desencadena. Pero no explican los motivos por los cuales la policía acude a una manifestación. ¿Qué pinta la policía en una manifestación? Es más: ¿qué pinta la policía en una manifestación antes de que suceda ningún episodio de violencia?, ¿no tratan de intimidar a la gente para que no acuda?, ¿no es eso violencia y amenaza de la violencia?, ¿no es la policía la causa de la violencia en las manifestaciones? Eso es lo que merece una explicación para entender lo que Domenec y demás oportunistas llaman “la violencia”.


En un ejercicio de maniqueísmo infantil, Domenec establece una dicotomía absurda según la cual hay dos tipos de personas. En primer lugar, el obrero de Gamonal que decide emplear la violencia para resistir a las cargas de los antidisturbios y, en el otro, el anarquista que quema un contenedor en una manifestación. Pero, ¿acaso los anarquistas no son obreros, ni son de Gamonal?, ¿son extraterrestres llegados de Euskadi, como dicen los fascistas, con el manual de la kale borroka en la mano?, ¿quemar un contenedor no es una forma de resistir a las cargas de los antidisturbios o tiene Domenec su propio manual de kale borroka sobre el mejor modo de resistir a las porras y los pelotazos?


Ese maniqueísmo corre paralelo con el invento de otras dos concepciones que Domenec considera “profundamente arraigadas” en la sociedad. Por una parte, los no violentos y, por la otra, los herederos de Blanqui, los de la “cara tapada”. Pero ese planteamiento es falso. En realidad Domenec sólo quiere hablar en contra de estos últimos para apoyar a los anteriores, a los no violentos, de una manera camuflada, sin que se le vea el plumero demasiado.


Para despacharse a gusto contra los “herederos de Blanqui”, Domenec se tiene que inventar las dos cosas, es decir, tanto a Blanqui como a sus herederos. Entre los oportunistas como Domenec el recurso al comodín de Blanqui y el blanquismo es una constante. Lenin fue acusado de blanquismo por los mencheviques y Rosa Luxemburgo ya avisó de las manipulaciones que los revisionistas hacían hace cien años de la etiqueta de Blanqui, aunque lo más corriente es que no tengan ni la más remota idea de quién fue Blanqui y qué fue el blanquismo.


El cabecilla de CJC dice que Blanqui pasó media vida detrás de los barrotes por su lucha revolucionaria, añadiendo que la misma fue “absolutamente ignorada por la clase obrera”. ¿También eso lo ha observado empíricamente este manipulador? Domenec necesita tergiversar las cosas para que queden a su gusto, de manera que pueda introducir por la rendija la “vocación de masas” de su grupo, su afán por ser conocidos, de convertirse en referente y actuar a cara descubierta. Pues si CJC quieren ir por ese camino lo que deberían hacer es tomar ejemplo de Femen, que son más conocidos aún y actúan completamente al descubierto.


Los blanquistas tuvieron una relación con las masas que CJC no es capaz de imaginar siquiera. Ellos fueron, junto a los proudhonistas, el partido obrero dominante en Francia en el siglo XIX, participaron de una manera decisiva en la Revolución de 1848 y en la Comuna de París de 1870, tras la cual algunos se exiliaron a Londres, donde Marx los acogió solidariamente e incorporó a la Primera Internacional. ¿No fue eso “vocación de masas”?


Engels dijo que Blanqui había sido un “precursor”. Los oportunistas deberían lavarse bien su sucia boca antes de hablar de alguien que pasó 35 años de su vida encerrado en las cárceles por participar activamente en los acontecimientos europeos más importantes del siglo XIX al lado de la clase obrera. La liberación de Blanqui de la cárcel fue una exigencia constante del movimiento obrero francés, que logró sus objetivos en varias ocasiones mediante la lucha popular, es decir, que no fue el personaje aislado y solitario que Domenec quiere dibujar, que no fue de esos que “renuncian a tener contacto con las masas” porque los blanquistas fueron los únicos que tuvieron diez delegados en el Consejo de la Comuna de París, convocaron manifestaciones de decenas de miles de obreros, obtuvieron escaños en el Parlamento con otros tantos miles de votos procedentes del proletariado y reunieron a otros 100.000 en el funeral de Blanqui.

¿Pero acaso hay alguien que renuncie tener contacto con las masas o más bien a lo que renuncian es al contacto oportunista, legalista y pacifista con ellas, que es lo que este capitoste de CJC aplaude?
El oportunismo de Domenec se torna en puro idealismo infantil cuando dice que prefiere “una manifestación pacífica con miles de obreros a un altercado violento protagonizado exclusivamente por gente politizada”. El problema es que no se trata de elegir entre una cosa u otra, porque lo corriente es que ocurran ambas cosas, es decir, que una manifestación pacífica acabe en un altercado violento. Otro problema es que quien elige no es él, ni nadie diferente de la policía porque ella es la única responsable de la violencia y sólo a un infame sicario suyo se le ocurre asegurar que la violencia la protagoniza “exclusivamente” la gente politizada.

La infamia va alcanzando tonos realmente vergonzosos cuando Domenec propone dar la espalda a los encapuchados porque “bien podrían ser policías”. Para cualquier antifascista con la policía no cabe otra: darle la espalda. Pero Domenec es un cínico sin escrúpulos que trata de justificarse en la infiltración policial para “dar la espalda” al manifestante, lleve capucha o no, y su cinismo le sirve para disimular que, en realidad, él a quien defiende es a los antidisturbios.
Domenec va alcanzando el éxtasis cuando dice que la revolución de 1917 “se logró prácticamente sin muertos”. Como los demás reformistas, para sostener ese infundio utiliza el truco de reducir la revolución al asalto al Palacio de Invierno, y poco más. Pero la revolución nace dentro (y es inseparable) de una brutal guerra imperialista y fue seguida de una no menos brutal guerra civil, de la que también es inseparable. Para que la revolución triunfara los bolcheviques prepararon un meticuloso dispositivo militar, de manera que las fotos del momento no muestran a los obreros y campesinos con las manos vacías sino bien armados de fusiles, de los que conocían su manejo.

Lenin escribió muchas cosas, pero no recuerdo que dijera, como pretende Domenec, que “una revolución no tiene por qué ser violenta” y que “la violencia depende de la resistencia que ofrezca la burguesía”. Pero lo dijera o no, eso es rigurosamente cierto y para entenderlo cabalmente Domenec debería haber añadido que la burguesía no sólo va a resistir sino que lo va a hacer de la manera feroz y brutal que acostumbra. Lo que ocurre es que, al alinearse Domenec con los fascistas, tiene su mismo punto de vista, lo que le lleva a dar la vuelta al asunto una vez más.


La violencia es responsabilidad del aparato del Estado fascista y de la contrarrevolución; ahora mismo no tiene sentido decir que la burguesía resiste; quien resiste es el proletariado.



(*) Domenec Merino: Un acercamiento al debate sobre el uso de la violencia y la no-violencia en la lucha popular, Tinta Roja, 30 de enreo de 2014, http://www.tintaroja.es/opinion/260-un-acercamiento-al-debate-sobre-el-uso-de-la-violencia-y-la-no-violencia-en-la-lucha-popular